Marco Levario Turcott
XVII
Julio Scherer supo la diferencia entre cognac y whisky mientras Andrés Manuel López Obrador difícilmente puede apreciar el contraste entre el vino y el pozol (escasez cultural de la cata que, sin embargo, el populismo podría considerar virtud). Fueron austeros los dos, sin embargo. No los animó el dinero porque comprobaron la descomposición que éste genera cuando codicia. Por eso pregonaron la vida sencilla, casi franciscana (aunque la ruta de sus propios hijos desmintió la homilía). Los animó el poder -el peso del periodismo y la influencia de la política- y los juntó el ansia de trascender.
Estoy seguro de que pocos periodistas han visto cine en una sala privada con el Presidente de México o han vestido camisas de seda importadas de oriente a costa del erario que el poder emplea para seducirlos. Cuántos tuvieron el patrocinio del gobierno para entrevistar a líderes mundiales. El poder oficial para que Salvador Allende o Pablo Neruda aceptaran una charla, por ejemplo, y viáticos para solventar la aventura. Quiénes pudieron gestionar atención en el extranjero para que un familiar fuera atendido en un hospital pagado con recursos públicos. Eso es poco común. También lo es aceptar una camioneta de lujo, último modelo, muebles chinos y canastas de dulces mexicanos (aunque luego se desilusionó Scherer con Hank González porque, en un cuarto del rancho de Santiago Tianguistenco, vio canastas apiladas con tarjetas del gobernador expresando su cariño para el remitente).
La familia fue numerosa, Julio y Susana procrearon nueves hijos, tuvieron las carencias del caso que mucho agobiaban al padre (lo cual no implicó aceptar la oferta que le hicieron de Novedades, con un salario casi tres veces mayor). Pero su vida profesional no fue austera, de ello también fueron testigos silentes los cuadros que ornaron departamento con la firma de afamados artistas mexicanos. Valen una fortuna. Pocos periodistas han comido y bebido con políticos en restaurantes lujosos o correr una parranda con sujetos como José Antonio Zorrilla, donde los billetes para gratificar meseros y cantantes saltaron en ramilletes, así lo narra el periodista en “Los presidentes”, libro en el que también revive el “chayote” (una de los tratos que más denunció) :
“El chayote florece a su máximo esplendor desde que Gustavo Díaz Ordaz institucionalizó su irrigación. Mientras el entonces presidente de la República pronunciaba un día de 1966 el discurso inaugural de un sistema de riego en el estado de Tlaxcala, entre los reporteros corría la voz: ‘¿Ves aquel chayote? Están echándole agua. Ve allá”.
Julio Scherer recibió “fajos de billetes” del gobierno echeverrista -un millón de pesos- para “mantener a flote la economía de la cooperativa” por lo que cayó en el absurdo: “libres y dependientes”, anotó). Desayunó en la oficina de su primo López Portillo (le decía “Pepe”), le palpó los bíceps y lo felicitó por la nacionalización de la banca (esperó infructuosamente la lista de los banqueros “antipatriotas”); pactó contenidos del diario con él. Gozó de vuelos privados con el presidente Salinas junto a uno de los escritores del boom latinoamericano. Bebió café aromático y fuerte en las oficinas de Gobernación.
Como director de Proceso también disfrutó el entorno aunque, eso sí, siempre manejó su auto, un viejo Ford primero, y luego un Jetta (igual que López Obrador presumió que vivía con una “Sorjuanita” en alusión al billete de doscientos pesos). Conocedor de vinos de gran reserva recordó con especial gratitud a Francisco Rojas, director general de Pemex:
“Era la época de gran funcionario de Francisco Rojas. Nos reuníamos en la torre de Pemex y algunas veces exploramos su cava. Nos hacíamos conducir por quien sí sabía de licores y nos enterábamos de la paciencia del tiempo, la gloria del sol, el vientre enorme de la tierra propicia, la modesta sabiduría de los campesinos y el rigor de los catadores. Asistíamos, en suma, al milagro de la naturaleza.
“Le hablé al director de nuestra fiesta (ideada por Susana para reunir a la familia), los motivos que la harían posible, y le pedí tres botellas de aquellas que habíamos visto, sangre púrpura de los dioses. El tono de su respuesta me llegó a través de su secretario particular. Se presentó en mi casa con seis botellas por si algunas se hubieran echado a perder, y una nota conmovedora”.
A Scherer le atrajeron los vinos y las viandas exquisitas. Así narró un convivió con Carlos Salinas de Gortari en “Estos años”:
“Mientras yo buscaba un sacacorchos con el tirabuzón en punta y no como el que distraídamente le habría ofrecido a nuestro huésped, él mostró una impresionante botella magna Chateau Mouton Rothschild 1948.
-¿Te fijaste en el año? -preguntó Carreño a Vicente.
– Sí.
-1948.
-El año del presidente, de su nacimiento.
-Todo tiene un significado -completó el invitado de honor.
Cenaríamos filetes al limón, a la pimienta y con sabor natural, ensalada verde, chiles anchos rellenos de frijoles, postres y quesos. De la botella no quedaría ni una gota.”
Una botella Chateau Mouton Rothschild 1948 cuesta cerca de 80 mil pesos en la actualidad.
Consciente de la separación de sus mundos pero decidido también a vivir en él, abordó el Cadillac blindado del presidente Salinas junto con José Carreño y Vicente Leñero. Eran los tiempos en los que sentía “embeleso” por el poder y, como en los viejos tiempos, pidió auxilio al gobierno para entrevistar a Mijail Gorbachov y Nelson Mandela. Era momento de ajustar cuentas con su furor soviético, como ya lo había hecho desde los 80 con la guerrilla a la que como director de Excélsior le había dado la espalda. Por cierto, la nueva estimación de la guerrilla la hizo de tal forma que, 35 años después, justificó sus acciones con el ardor juvenil que no tuvo en los años 70 a diferencia de Octavio Sala, director de La República en “La guerra de Galio” que, en esos instantes, no después, no en las memorias, convirtió la sala de redacción en un bunker de combate contra el gobierno.
La memoria del periodista no registra por qué desistió del objetivo. Frente a Gorbachov era ineludible el tema de la glasnost, es decir, la transparencia y la libertad de opinión por la que Scherer no pugnó durante su carrera frente a la URSS. Lo que sí registra en esos días de 1989 es el notable afán de pureza del rival de Salinas, Cuauhtémoc Cárdenas, que para él era inaceptable “cuando casi toda su vida fue beneficiario del absolutismo priista”.
Los lazos con el poder no se rompieron ni cuando Carlos Salinas lo decepcionó, en realidad el ciclo reinició. Cada seis años, igual que el pueblo de México, Scherer renovaba la fe en el próximo presidente -a pesar de que, como escribió, le hubiera ido “como en feria”-. Luis Donaldo Colosio lo visitó en las oficinas de Proceso (poco antes, había entrado al baño, lo que motivó el comentario unánime de colocar “una placa en el mingitorio histórico”). El candidato presidencial lo visitó en su departamento de San Jerónimo, bebieron cognac e intercambiaron regalos -desde los tiempos de Echeverría cuando recibió obras de Siqueiros, una para su hija Regina por su cumpleaños- él obsequiaba litografías-.
Como Jesús Reyes Heroles, Scherer aprendió a “lavarse las manos en agua sucia”. Coronó el esfuerzo apilando libros delgados impregnados de memorias para hacer innecesarias las preguntas porque, como advirtió su hija María, “en la lectura de sus libros estaban todas las respuestas”. Siendo figura pública, no admitió el escrutinio periodístico sobre su labor.
Scherer no fue millonario ni tuvo grandes depósitos bancarios. Eso quedó claro gracias a un hombre locuaz y atrabancado que pretendió su deshonra con un infundio (quizá alentado desde el poder). En el programa “Para empezar de MVS”, el 25 de septiembre de 1995, Pedro Ferriz de Con dijo que Scherer había depositado cinco millones de dólares en un banco norteamericano según documentos que tenía consigo y enseguida, escribió Miguel Ángel Granados Chapa en Reforma, hizo mofa de él y censuró a Proceso por su modo de hacer periodismo. Scherer lo acusó ante el ministerio público y “muy pronto (Ferriz) cambió de opinión y se echó para atrás”. El martes 24 de octubre, en una larga perorata dijo a sus oyentes que no tenía los documentos que antes había dicho que tenía en sus manos. Con donaire de sacerdote, no reveló la fuente y, luego de varios desplantes sobre su nueva forma de pensar como una actitud valiente, ofreció disculpas a Scherer y éste las aceptó. Eran los tiempos en los que el director de Proceso se empecinaba en marcar su distancia de Carlos Salinas de Gortari.
